Una reconstrucción inconclusa

Por Gracia Jaroslavsky (*)

Pensar, como cada año, en el inicio de la última dictadura cívico-militar que asoló a la Argentina desde el 24 de marzo de 1976 hasta la asunción del presidente Raúl Alfonsín en 1983, nos invita a refrescar la memoria, repasar los logros y, sobre todo, poner el foco en las asignaturas pendientes.

Desde 1930, y por sucesivos períodos, la Argentina sufrió la ruptura de su camino hacia la democracia y la república. Mesianismos que se autoproclamaban salvadores de la patria interrumpieron una y otra vez la vida institucional. La tan mentada “reconstrucción nacional”, basada en la supresión de derechos constitucionales, constituyó en sí misma una violencia que solo puede imponerse sobre pueblos oprimidos y diezmados.

Resucitar después de semejantes heridas es un largo camino. Las violaciones, las torturas, las desapariciones quedan alojadas en algún rincón de nuestra conciencia colectiva: recluidas, pero latiendo. La confianza necesaria para crecer y desarrollarnos como una sociedad libre no termina de afianzarse. La persistente búsqueda de salvadores así lo demuestra.
Nos cuesta construir consensos, porque implican compromiso, responsabilidad y conducta. Es más fácil ser dirigidos que dirigirnos. Es más fácil obedecer órdenes que asumir la complejidad de la convivencia democrática. Es más fácil diseñar la realidad bajo la lógica amigo-enemigo que aceptar la diversidad como un valor.

Nuestra historia —como la de todos los pueblos guiados por mandatos mesiánicos, violentos o fundamentalistas— sufre esa reconstrucción difícil y siempre incompleta.

La Argentina contaba con una herramienta extraordinaria para superar ese pasado: su amplia y variada clase media, decidida a avanzar y sostenida por un sistema de educación pública de calidad, comprometido con valores éticos y morales superadores. El gobierno de Raúl Alfonsín nos condujo por ese camino y nos vinculó como sociedad bajo el amparo de esos valores. Sin embargo, la confianza volvió a resquebrajarse con el fracaso de la política en la reconstrucción económica.

Luego sobrevino una época de bonanza sin sustento en aquellos valores conquistados: un Estado laxo, complaciente con la corrupción. Año tras año, la decadencia siguió su curso. El abandono de políticas públicas superadoras, la crisis económica permanente, la escasa movilidad social y la corrupción —ese tumor dañino que parece alojado en un lugar “inoperable”— contribuyen sin tregua a que, después de 50 años, este maravilloso pueblo argentino aún no tenga la oportunidad de confiar en sus instituciones.

No hay libertad sin instituciones sanas. No hay libertad sin república. No hay libertad sin verdad. No hay libertad cuando predominan el miedo y el odio.

Cincuenta años después, todavía no podemos decir “tarea cumplida”. Solo espero que el tiempo nos devuelva la posibilidad de la superación, del crecimiento con oportunidades para todos, de la libertad sostenida por instituciones republicanas sólidas. Mi único temor es que las próximas generaciones de dirigentes asuman la libertad como un proyecto meramente individual y que ese paradigma termine por asentarse en el Estado.

(*) Exdiputada nacional y provincial (UCR)